Leandro de Souza tenía 13 años cuando se hizo el primer tatuaje. Nunca paró. Terminó cubriendo el VER MAS…

Leandro de Souza tenía 13 años cuando se hizo el primer tatuaje. Nunca paró. Terminó cubriendo el 95% de su cuerpo, incluida la cara, con más de 170 diseños. Lo coronaron el hombre más tatuado de Brasil.

Detrás de la tinta había nueve años de oscuridad. Cocaína, éxtasis, LSD, alcohol, un divorcio que lo hundió. Cada tatuaje era una capa más de armadura sobre un dolor que no se veía.

La salida no llegó de un médico ni de una clínica de lujo. Llegó de un albergue municipal en Bagé, donde una mujer llamada Taís lo invitó a una iglesia. Quince días después, lo bautizaron.

Ahí empezó lo más difícil: borrarse. No por vergüenza de lo que fue, sino porque quería una piel que no le recordara la guerra que había ganado. Empezó las sesiones de láser en un estudio de São Paulo, que se las hace gratis.

“El dolor es horrible”, contó. Duele más que tatuarse, incluso con anestesia. Lleva cinco sesiones. Podrían ser ocho en total. Cada una es una decisión repetida: seguir.

Hoy tiene trabajo formal. Dijo que le devolvieron la dignidad. Nadie le regaló una vida nueva: se la está arrancando a fuerza de láser, sesión por sesión, hasta que quede solo la piel que eligió tener.